Made in IKEA

Llevaba tiempo rumiando la idea de comprar una mesa, más allá de lo laboral tengo una capacidad preocupante para ir retrasando proyectos y decisiones hasta límites insospechados. En algún libro leí que a esto se le llama perfeccionismo paralizante, quieres tomar la decisión más correcta y ello te lleva tanto tiempo que terminas no tomando ninguna… No obstante, subsistir requiere controlar esta tendencia y para ello tengo dos estrategias: comprar lo más caro o lo más barato, por tanto me muevo entre dos aguas: de la pijería más absoluta a la cutrez más soberana, siendo mis posesiones un reflejo de este contraste donde conviven una cortadora de pelo a 5,5 Euros marca Termozeta con un frigorífico de doble puerta General Electric que hace granizado y que siempre está vacío, en palabras de mi amigo Pablo “joder tío, esto parece la nevera de un yonki”.

Para poder acceder a lo más barato dominar IKEA es esencial, por desgracia, dejando a un lado a los indecisos patológicos, seguramente era la persona que más veces había estado en IKEA y que menos cosas había conseguido comprar. Por aquel entonces mi haber se componía de dos troncos de bambú, de esos que se meten en agua, crecen y echan hojas, que me costaron 1 Euro el alargado y 2 el que tenía forma de espiral, me pareció una idea como poco original el comprar dos y meter el alagado dentro de la espiral, estuve bastante orgulloso de mi brillante ocurrencia hasta que un día reparé que en el restaurante oriental por donde paso a diario todas las mesas estaban decoradas con la misma combinación de troncos… Pero aquel plagio seguía viviendo y creciendo en mi casa y me recordaba cada día que yo también podía ser capaz de sacar partido de los diseños a precios asequibles de IKEA. Por tanto, ignorando las casi diez visitas anteriores infructuosas, el pasado sábado me dirigí hacia allí sólo, que es como se han de conseguir los grandes retos, con el firme propósito de cambiar mi suerte.

Ni que decir tiene que todo Madrid había decidido congregarse aquella mañana en aquel lugar y no fueron pocos los intentos de mi mente cobarde para convencerme de que mejor sería que volviera otro día… pero el número de mis fracasos era ya demasiado bochornoso como para dejarlo crecer más, así que comencé a contorsionarme, ladearme, aminorar el paso y acelerarlo súbitamente para conseguir llegar entre toda esa gente lo antes posible a la sección de muebles de oficina, que era la que a mi me interesaba.

He llegado a la conclusión de que los macrocentros IKEA han sido diseñados para que te pierdas en su interior, ese es el único objetivo de este gran supermercado del mueble. Existen dos tipos de personas: los que se han perdido en IKEA y los que se van a perder en IKEA… sólo esos dos tipos. No os dejéis engañar por lo numerosos mapas de vinilo que pretenden haceros entender dónde estáis, ni por las puertas que en teoría sirven para que lleguéis antes a vuestro destino… normalmente no las veréis y cuando veáis una la tomaréis en la dirección contraria y por tanto volveréis a ver lo que ya habíais visto. Era inevitable que yo aquel día me volviera a perder, había llegado al final de la primera planta y no recordaba haber pasado por la sección de oficinas, con lo que tuve que dar marcha atrás. Otro triunfo más para los arquitectos de IKEA.

Vuelta a pelear con la marabunta y cuidándome mucho de no entrar por ninguna de esas malditas puertas-atajo hasta que finalmente llegue a mi destino y al mismo tiempo al comienzo de mi viaje. Ante mi se hacia real la idea retorcida de algún sueco depravado de lo que para él sería la oficina ideal, nada que ver con la mía. Era agobiante ver esos escritorios asediados por una innumerable cantidad de accesorios diseñados para supuestamente ordenar: la regleta para cables SIGNUM, las carpetas colgantes SUMMERA, los archivadores NUFF, el juego de bandejas ORDNING, encontré incluso un accesorio para almacenar accesorios. La sombra de un nuevo fracaso me acechaba tras la mesa para ordenador JERKEL y la cajonera con ruedas GOLIAT. Empecé a plantearme si intentarnos vender estos muebles era la manera que tenía Suecia de decirnos que no nos quería en la Unión Europea.

Andaba para atrás cuando por suerte tropecé con algo, gire sobre mi mismo y ahí estaba: la mesa modulable GALANT con estructura de acero. Era una versión pobre de mi ideal de mesa pero tal vez podría ser ampliada, mejorada y con esa esperanza fui eligiendo colores, combinando medidas, seleccionando materiales… cada una de mis elecciones me acercaban más a mi mesa ideal y cuando no lo hacían me tranquilizaba recordando que sólo me iba a costar 180 Euros. Es gratificante saber que IKEA, que diseña para las grandes masas, para la gente normal, había diseñado algo también para mi, una mesa grande para un ego grande, más grande ahora que nunca. Aquellos dos metros con cuarenta centímetros de mesa representaban un esperanzador triunfo, un triunfo que me costaría horrores montar.