El segundo hijo: la gran traición

Hace casi un mes mi hija celebró su segundo cumpleaños y en todo este tiempo he tenido la suerte de no separarme de ella más de nueve horas, el tiempo que pasa en la guardería. Todos los que sois padres me entenderéis cuando afirmo que nunca he querido a nadie tanto como a mi hija, nadie me ha cambiado tanto la vida ni ha reorganizado mis prioridades como ella. Gracias a ella soy `un papá´ y ya nunca más volveré a ser lo que era antes.

Si todo va bien en cuatro meses seremos padres de nuevo, nos tendremos que volver a acostumbrar a manejar patucos diminutos y limpiar cordones umbilicales envueltos en gasas; volverán los paseos nocturnos por el pasillo, las llantinas, los cólicos de lactante, las noches sin dormir… y aunque este sea el segundo estoy seguro de que me sentiré tan novato como la primera vez.

Pero ahora es diferente porque la llegada del nuevo miembro de la familia también le va a afectar a mi pequeña hija, y por la cabeza me pasan todo una serie de pensamientos y dudas que estoy intentando asimilar. Todo empezó en el momento en que no sabíamos todavía el sexo del venidero y nos planteaban la típica pregunta: ¿tú que prefieres? Y la respuesta para mi era mucho más complicada de lo esperado…

Como explicarles que desear un niño me parecía un desplante al hecho de haber tenido primero una niña y a toda la felicidad que ha traído a nuestras vidas. Cierto es que por alguna extraña razón yo había asumido que mi primer hijo sería un niño y cuando nos confirmaron que venía una niña fue todo un shock para mi, confieso haber buscado en Internet `ventajas de tener una hija´con la esperanza de hacerme a la idea de lo que se me venía encima. Pero hoy, como cualquier padre… no cambiaría nada de mi hija,  aunque me dieran 100 millones de euros no viajaría al pasado, ni siquiera al otro lado del globo terráqueo, por miedo a alterar cualquier cosa que evitara que tuviera exactamente la misma hija que he tenido. Por otra parte desear otra niña me parecía como si indirectamente le estuviera diciendo a mi hija que con ella no era suficiente.

No digo que sean razonamientos con sentido, pero no puedo negar el hecho de que han pasado por mi cabeza y que algo me han hecho sufrir. Si algo aprendí hace años con los libros de autoayuda es que las emociones y pensamientos que rondan nuestra cabeza y corazón nunca se deben de `negar´por muy incorrectos o reprobables que nos parezcan o puedan parecerles a otros, es mejor aceptarlos… y si acaso racionalizarlos hasta encontrarles una explicación.

Finalmente hace un mes nos confirmaron que el bebé que esperamos es un varón y ya hemos decidido que si todo va bien lo llamaremos Mateo. A partir de aquí ya sólo queda esperar a que transcurran sin incidentes los últimos cuatro meses de embarazo y que todo vaya bien en el parto… no obstante, despejadas ya casi todas las incógnitas sigue preocupándome el momento en que nos toque presentar a mi hija a su nuevo hermanito.

¿Cómo explicarle que aunque ya nunca volveremos a ser tres, a ella la vamos a querer exactamente lo mismo que antes? Habiendo sido el pequeño de una familia de tres hermanos la llegada de un nuevo miembro es algo a lo que nunca me he tenido enfrentar, lo más próximo a esa experiencia -aunque mi familia se ría- fue cuando aterrizó en casa el pequeño Buy, un perrito yorkshire que aunque llegó rondando yo los 20 años me robó buena parte de los cariños y atenciones de los que hasta entonces sin saberlo disfrutaba en exclusiva.

Haber deseado y concebido un segundo hijo no puedo dejar de pensar que es una jugarreta para mi pequeña, una gran traición que tendrá que aprender a digerir… y que se hace más palpable cuando ya se van refiriendo algunos a ella como `la futura princesa destronada´. Supongo que algunos padres se consolarán pensando en que `lo hicieron por su bien´, `para que en el futuro no se quede sola´… pero en nuestro caso esas razones nunca las consideramos válidas porque pensábamos que sería como traer al mundo un `bebé accesorio´. No, simplemente deseábamos tener un segundo hijo y fuimos a por él, antes de que fuera demasiado tarde para poder tenerlo, nuestro deseo venció a las noticias negativas de la crisis, los más que probables sacrificios económicos que tendremos que hacer y a todo el sobre esfuerzo de criar a un bebé siendo padres que pronto cumplirán cuarenta tacos.

Todos estos quebrantos supongo que forman parte de la experiencia de tener un segundo hijo y estoy seguro que luego quedarán sepultados por toneladas de alegrías. Son los efectos secundarios de tener, gracias a Dios, un embarazo sin accidentes y con pocas preocupaciones, donde en las visitas al ginecólogo sólo recibes buenas noticias.

Esperemos que siga todo así y que en los próximos años mi única preocupación sea hacerle entender a mi hijo que a su padre no le gusta el fútbol.