¿Realmente quieres que te de mi opinión sobre ti?

El viernes pasado fui a comer con mi mujer, los dos solos… algo que poquito a poco estamos convirtiendo en una pequeña tradición. Ella los viernes por la tarde no trabaja, así que desde las 14:00 que sale hasta las 16:15 en que recogemos a la peque de la guardería disponemos de dos horas para comer en pareja, tranquilamente y hablar de nuestras cosas…

Por desgracia yo aquel día no estaba muy centrado, esa mañana había tenido una reunión de trabajo… y como siempre me suele pasar durante el resto del día estoy un poco atontado. En general mi trabajo se desarrolla en un ambiente muy tranquilo, con un grupo muy reducido de compañeros de trabajo, con contacto con el cliente por teléfono o correo electrónico… así que cuando me toca salir al `exterior´ y entrar en el `cara a cara´ me cuesta un poco, luego supongo que la adrenalina hace su trabajo y todo suele ir bien… aunque sufro las secuelas del subidón durante el resto del día.

Pero centrémonos en el tema de esta entrada, porque mientras que me desviaba con mis historietas laborales yo en el restaurante he tenido tiempo de sentarme, pedir y comerme una deliciosa pizza calzone enterita… de hecho estoy valorando la posibilidad de zamparme también la otra mitad de la pizza de mi mujer que se va a dejar muerta de risa en el plato, algo típico en ella que `come más con los ojos que con el papo´. A veces pienso que Dios pone a prueba mi fuerza de voluntad cada día con las sobras de mi mujer… pero aquel viernes triunfé y conseguí controlarme no llevandome nada extra a la boca.

Llegó la hora de los postres y se nos acercó un camarero `muy entusiasta´, que nos explico cuales eran los postres disponibles y nos recomendó con tanta emoción e intensidad el helado que no pudimos negarnos, así que eso fue lo que pedimos: un helado de chocolate para compartir.

Al rato nos trajo algo envuelto en papel y volvió a reforzar su recomendación con un eufórico `aquí lo tenéis… ¡la sorpresa va en el interior!´. Mi mujer me explicó que en Italia el helado artesanal se sirve así, de hecho en el envoltorio se podía leer el fabricante y el  origen “Made in Italy”… pero digamos que por muy tradicional que eso fuera la presentación dejaba mucho que desear, sobre todo porque el helado estaba completamente pegado al papel y fue muy engorroso lo desenvolverlo, con la ayuda de los cubiertos, intentando no pringarse.

Pero bueno, aquel camarero parecía tan seguro de las bondades de aquel postre que nosotros estábamos dispuestos a creer en él y allá que fuimos con nuestras cucharas de postre a la aventura, confiando que lo mejor estaba por llegar…. Pero lamentablemente la presentación acompañó a todo lo demás, aquel helado de hecho estaba congelado a trozos, supongo que en algún momento de su peregrinar desde Italia se habría interrumpido la cadena de frío, pero incluso dejando a un lado esas finuras… el hecho es que no era nada del otro mundo. Valorándolo del uno al diez, yo creo que un dos ó un tres hubiera sido una nota más que justa.

Así que nos comimos lo que pudimos y nos dispusimos a pedir la cuenta. De nuevo el camarero vino y nos preguntó con interés `¿Qué tal el helado?´… y nosotros claro está le mentimos con un `Muy bueno´… a lo que él contestó de nuevo con euforia `¡Me alegro! ¡Sabía que os gustaría!´… recogió los platos y desapareció, probablemente en dirección a otra mesa a la que le recomendaría de nuevo su mediocre helado totalmente convencido de que estaba ofreciendo lo mejor de la carta.

Cierto es que yo le podría haber sacado de su error, le podría haber explicado que aquel helado era tirando a malillo de manera constructiva, sin acritud… pero no lo hice. Porque no ganaba nada haciéndolo, salvo incomodarle a él, incomodar a mi mujer y pasar yo un mal trago. Tal vez si él no hubiera sido tan persuasivo, tan autoconvencido de que su helado era lo mejor del mundo y me hubiera preguntado con sinceridad mi opinión le habría dado una de cal y otra de arena, le habría dejado caer un “la pizza muy buena, el helado no tanto”.

Aunque puede que tampoco, normalmente suelo felicitar al camarero cuando me ha gustado la comida, pero mis opiniones negativas me las guardo… simplemente no vuelvo. Aunque un camarero despierto siempre puede observar que alguien como yo que no ha dejado ni una miga de la pizza… se ha dejado medio helado.

Creo que de esto se puede aprender una lección, al menos yo creo haberlo hecho… a veces podemos estar tan satisfechos con nuestro trabajo o nuestro producto, tan convencidos del esfuerzo y las horas que hemos invertido en él que podemos llegar a imponer al cliente nuestra opinión sobre la suya. Puede que incluso nuestra persuasión sea tan intensa que consigamos que el cliente llegue a aceptar el trabajo en lugar de rechazarlo… algo que hubiera hecho de no estar bajo nuestra influencia.

Un éxito, pero sólo a corto plazo… antes o después terminaremos pagando las consecuencias: ese cliente puede que no vuelva y es muy probable que no nos recomiende a otras personas. Y lo peor de todo es que nosotros nos alejaremos con una sonrisa de oreja a oreja pensando que nuestro helado es el mejor del mundo.

3 opiniones en “¿Realmente quieres que te de mi opinión sobre ti?”

  1. Yo creo que hay que decir la verdad lo más amablemente posible. Tiene varias ventajas, les ayudas a mejorar y además cuando vuelves siempre se acuerdan de ti, por eso de que uno siempre se acuerda de las cosas negativas que le pasan y olvida las buenas.

      1. ufff!!! No se me había ocurrido. Siempre lo mismo, como uno no lo haría te crees que los demás tampoco.

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