…y Dios en todas partes

No es de extrañar que haya gente que encuentre el amor de nuevo en el trabajo: el último resort `adults-only´ donde van a parar las mejores horas de tu día.

Al fin y al cabo con los compañeros de trabajo pasas el tiempo justo, de ocho a diez horitas hasta con un descanso entre medias… y después cada uno a su casita y Dios en todas partes.

Harina de otro costal sería que luego te tocara llevarte a los compis a tu casa, pasar con ellos la tarde, ir al Carrefour, compartir baño, cenar, dormir, despertar a su lado…. y al día siguiente repeat, repeat, repeat… y los fines de semana más de lo mismo. Sería una auténtica pesadilla, las cartas de dimisión desbordarían los departamentos de recursos humanos.

Somos seres sociales, pero tal vez no tanto. Me aventuro a proponer que tal vez los problemas de autoestima en esencia radican en convivir con uno mismo demasiado tiempo seguido, a lo mejor lo de pillarse un pedal de vez en cuando, tirarse en paracaídas y abandonar tu consciencia a un cocktel de endorfinas y adrenalina no son más que burdos trucos para tomarte unas vacaciones de ti mismo.

Estoy convencido de que una de las razones por las que mi matrimonio aguanta es porque intento liberar a mi mujer todo lo que puedo de mi exquisita presencia y además cuando lo hago suelo llevarme a los niños, con lo que a mi marcha el descanso que dejo atrás es doble y a mi regreso tengo garantizado que me dará la bienvenida una enorme sonrisa.

Pero sigue sorprendiéndome que todavía haya gente que quiere seguir viviendo en pareja ¡incluso sin niños de por medio! (a mi parecer la única razón que justifica tan descabellada empresa). Dan ganas de agarrarlos por los hombros y zarandearlos gritándoles «Es la convivencia, estúpido!«

Está claro que viviendo en pareja se ahorra dinero, pero también compartiendo cepillos de dientes y el agua de la ducha… y no vamos tan lejos con eso de cuidar la pela. En un momento dado alguien decidió trazar una delgada linea roja que marcaba hasta que punto es justificable el ahorro… yo sólo digo que tal vez habría que moverla unos cuantos metros más, incluso algunas calles o manzanas.

Con lo bien que se está cada uno viviendo en su casita y quedando cuando a uno le apetezca. Si me dieran a elegir ni yo conviviría conmigo mismo. ¿Ves cariño? ¡hasta en eso nos parecemos!

Madres: La gran tragedia de la Super Woman

Me lo dice mi madre, mis hermanas, algunas amigas, compañeras de trabajo, me lo dicen las miradas de algunas señoras desconocidas que me ven por la calle paseando con mi hija a los hombros y empujando el carrito del peque: estás hecho un padrazo, ¡qué buen padre eres! Es un halago sincero que aunque por supuesto me alegra recibir me deja un sabor agridulce en la boca.

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