Como es abajo es arriba

Estábamos mi mujer y un servidor haciendo cola para embarcar en el Aeropuerto de Viena y detrás de nosotros una familia al completo con padres, niños, abuelos, cuñaos… en la que al parecer los abuelos tenían tarjeta de embarque preferente y el resto no. Reproduzco aquí la conversación entre los padres y su hija adolescente:

Padre – Niña, corre y entra con los abuelos al avión…

Hija– ¿Y qué digo a la de los billetes?

Madre – ¿Pues qué coño le vas a decir? Que entras con los abuelos porque ellos no se enteran, que son mayores…

Hija – ¿Y qué le tengo que enseñar?

Padre – ¡Será subnormal! Pues el papelito…

Hija – ¿Este?

Madre – No idiota, ese es el mío… trae acá. Toma este es el tuyo: ¡corre que ya entran!

La otra hija – Que qué le enseña dice… ¡la foto del DNI si te parece, será idiota!

Padre – Tu calla la boca que a ti nadie te ha dado vela en este entierro…

Yo creo que captáis el espíritu de las lindezas que se intercambiaban los unos a los otros. A mí por alguna razón me vino a la cabeza la frase de: «Ellos entraron en Viena, pero Viena nunca entró en ellos«.

Estoy seguro que mi mujer y yo hacemos un montón de cosas mal con nuestros hijos: más de una vez se nos escapan algunos gritos y seguro que ven más tele de la que debieran (pese a estar en inglés)… pero los dos progenitores tenemos claro que a los niños les tenemos que hablar con educación y respeto. Y con solo 5 y 8 años ellos ya lo saben y si alguna vez se nos ha escapado un «¡¿estás tonto?!» nos corrigen y se defienden con un «¡yo no soy tonto!» y esperan una disculpa por nuestra parte porque ellos están acostumbrados a no ser insultados.

Eso tenemos avanzado… tanto es así que me cuesta entender el porqué unos padres como los del aeropuerto que seguro que quieren a sus hijas las machacan de esta manera sin inmutarse:

  • A lo mejor piensan que es una manera de curtirlas o de espabilarlas, prepararlas para el mundo hostil de ahí afuera…
  • A lo mejor es la manera en la que ellos mismos fueron criados.
  • A lo mejor es una forma de proyectar una frustración que tienen en su interior (como en esta tira cómica de Calvin)

Pero querido lector no creas que el objetivo de esta reflexión es cebarme con eso padres cansados de patearse a toda velocidad el centro de Viena y visitar Stephansdom… Más bien me da por preguntarme por la multitud de ocasiones en las que otras personas me habrán visto a mí y se habrán llevado las manos a la cabeza pensando: ¡será cazurro este tío! ¿que los niños no saben solfeo ni tocan un instrumento? ¿que no van a museos ni al teatro? ¿que no están aprendiendo chino? ¡A saber Dios cuántas atrocidades estaremos cometiendo!

Concretamente con el tema de los niños yo creo que estamos por encima de la media porque nos lo tomamos muy en serio… pero estoy seguro que en otras facetas de mi vida rozo la mediocridad y lo peor es que no soy consciente.

Resulta sencillo identificar cuándo la gente está en un nivel algo menos elevado que el nuestro porque el contraste simplemente nos chirrían al oido o la vista… pero sin embargo nos volvemos miopes cuando proyectamos la vista hacia arriba.

Todo ese tiempo perdido en el amor

Esta es la quinta vez que reescribo el primer párrafo de esta entrada y es que quiero contar algo y no sé muy bien cómo hacerlo… lo cual no predice un desenlace muy prometedor, normalmente en estas situaciones me suele quedar una ñapa de entrada plagada de buenas intenciones –quedas avisado– pero aun así voy a intentar sacar esto adelante.

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La luz al final del túnel…

Hoy ha sido un día importante: no nos ha tocado la lotería, ni han ascendido a mi mujer en el trabajo, ni nos han dado los resultados negativos de alguna prueba médica… simplemente hoy ¡por fin! mi mujer y yo hemos conseguido salir a comer juntos, y llevábamos más de un año y medio sin hacerlo… exactamente la edad de mi segundo hijo.

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Mi nuevo móvil rosa

Lo empecé a notar cuando me llegó el momento de elegir el color de mi Apple Watch, lo habitual en mi hubiera sido elegir el negro, un color discreto, que pasa desapercibido… pero para sorpresa de mi mujer elegí el blanco, que destaca bastante, sobre todo cuando es verano y a uno se le ponen los brazos morenos. Poco después, cuando mi hermana se compró el suyo, no me importó intercambiar correas con ella, a pesar de que las suya era de un color chillón. Excentricidades veraniegas pensé…

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