Amnesia y optimismo: las claves para un matrimonio feliz

La famosa vuelta al cole ha sido dura, para empezar mi hija Beca con tres años y medio empezaba el «cole de mayores» y para nosotros ha sido un auténtico shock pasar de la entrañable guardería de debajo de casa a un macro-centro con cinco clases por curso y con cursos hasta COU (que ya sé que ya no lo llaman así, pero a mi me da igual). Por suerte ella se lo ha tomado genial y ya adora a su profe Jessica a la cual da unos abrazos enormes nada más entrar a clase. Era de esperar porque mi hija venía ya curtida después de empezar en la guarde con seis meses, cosa de lo que me arrepiento pero eso da para otra historia.

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A mí se me pasó el arroz

No sé como hablar de esto sin ofender a nadie, así que voy a hacerlo desde mi propia experiencia: a mi se me pasó el arroz. Ya sé que esa es una expresión que parece estar reservada a las mujeres, por su reloj biológico, la fertilidad con fecha de caducidad y todas esas injusticias de la vida… pero sinceramente a mi también se me pasó el arroz: camino de los 35 años, sin ninguna relación desde hace años y con el trabajo como único hobby y principal ocupación.

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Pues va a ser verdad que soy un hombre egoísta

Estaba yo cortándome el pelo hace ya un porrón de meses cuando salió el tema de hombres vs mujeres: mi querida peluquera Beatriz, que evidentemente trata de tú a tú con muchísimas más personas que yo, me explicó que la queja más recurrente de las mujeres hacia los hombres era «que los hombres son unos egoístas» (y un poco cabrones)… y que en sentido contrario -de los hombres hacia las mujeres- solían ser temas relacionados con el umhmm umhmm -me dijo entredientes- como quien habla con alguien que ya sabe de sobra de lo que estás hablando, supongo que se refería algo relacionado con el sexo.

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El día que me volví invisible (y mi mujer también)

Hoy me apetece escribir de un tema que lleva rondándome la cabeza durante meses y es que volverse invisible es muy fácil, no sé porqué el ejército americano lleva tanto tiempo invertido en conseguir esa tecnología con tan pocos progresos: para volverte invisible lo único que tienes que hacer es tener hijos.

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Madres: La gran tragedia de la Super Woman

Me lo dice mi madre, mis hermanas, algunas amigas, compañeras de trabajo, me lo dicen las miradas de algunas señoras desconocidas que me ven por la calle paseando con mi hija a los hombros y empujando el carrito del peque: estás hecho un padrazo, ¡qué buen padre eres! Es un halago sincero que aunque por supuesto me alegra recibir me deja un sabor agridulce en la boca.

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