El verdadero amo de tu mente

Este fin de semana he estado enfermo, no sé si ha sido un resfriado o algún otro regalo que se ha traído mi hija de la guardería… el caso es que el viernes ya me noté sin fuerzas en el gimnasio pero no le di mucha importancia, pensé que me había sentado mal la comida, hasta la tarde del sábado en que empecé con los temblores y escalofríos, durante todo el domingo lo único útil que he podido hacer ha sido jugar a la PS4 y arrastrarme de sillón en sillón.

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The Great Pretender

I seem to be what I’m not, you see
I’m wearing my heart like a Crown

-THE PLATTERS – THE GREAT PRETENDER LYRICS

Hace unas semanas descubrí que existe algo llamado el Síndrome del impostor, que consiste básicamente en que tienes la certeza de que antes o después van a descubrir que eres un fraude, que no debías estar en donde estás y que durante todo este tiempo no has sido más que un Great Pretender… con mucha suerte.

Es una sensación que se mantiene constante en el tiempo, no importa las logros grandes o pequeños que hayas alcanzado… todos ellos fueron resultado del azar, se lanzó una moneda al aire, elegiste cara y eso fue lo que salió.

Es una sensación que te insta a buscar a personas que encarnan todo aquello que tú no tienes o crees no tener y a buscar su reconocimiento… aun a sabiendas de que si en algún momento lo consigues, entonces no serán más que otras inocentes víctimas de The Great Pretender.

En varias ocasiones me he sentido así, probablemente porque a lo que me dedico (si es que yo mismo sé lo que es) no es aquello para lo que recibí formación y todo lo he ido aprendiendo en plan auto-didacta. No obstante si analizo los conocimientos con los que salí de la Universidad, es probable que hubiera tenido que aprender todo desde cero también en esa profesión, eso si… con un diploma colgado detrás de mi mesa que me protegería de todas mis inseguridades.

Es el precio que tengo que pagar por dedicarme a lo que me gusta, también es algo que me mantiene alerta y me anima a mejorar cada día. Una vez confesado esto, también tengo que decir que por suerte, no siempre me siento así.

Por alguna razón el post que publicó hoy Álvaro Richarte me ha motivado a la hora de elegir el tema del mío, aunque han pasado más de veinte años le recuerdo como si fuera ayer dibujando en papel milimetrado frame a frame los movimientos de los personajes de sus juegos y luego convirtiendo con una calculadora que le regalé esos dibujos en números… no hay más que leer su post para darse cuenta del nivel de conocimientos que alcanzó motivado únicamente por un interés, ganas de aprender y superarse a si mismo ilimitadas.

Esa es mi generación: la del MicroHobby, la MicroMania, el Load´N´Run, el Spectrum 48k, el Amiga, los recreativos, las monedas de 25 pesetas, el Gaunlet, las minicadenas de doble pletina para copiar juegos, las cintas magnéticas rebobinadas a giro de muñeca con boli bic para no gastar pilas, el Barbarian, el Manic Miner, el Night Lore, el Enduro Racer, el Tanathos, el Antiriad, el BASIC, los Amstrad, los discos de cinco y un cuarto, y los de tres y medio taladrados en casa, los colores pastel de las tarjetas CGA, el MS-DOS, las pantallas en verde de los IBM de la academia, los POKES, el GO TO y el LOAD.

Cuando recuerdo todo eso, también recuerdo que no soy un impostor.

La derrota siempre te espera en las cuestas

Este blog ha sido testigo de mi nueva «etapa deportiva» que comenzó a principios del 2009, como prueba de ello aquí los artículos principales:

Corredores gordos, lesiones aseguradas
Un truco: platos pequeños, tazas pequeñas, vasos pequeños
Recuperando la forma física a partir de los 30
Las rutas a pie de Google Maps
Recuperando la forma física: un paseo largo a la semana
Retomando buenos hábitos: la vuelta al gimnasio

El deporte en estos últimos casi 4 años se ha convertido en mi mejor aliado, en el plano no sólo físico sino también mental, estoy plenamente convencido de que los ejercicios aeróbicos (andar, montar en bicicleta, nadar… y especialmente correr) afectan de manera muy posítiva al cerebro, es como si lo oxigenaran provocando que se re-activen zonas que habían quedado abandonadas, adormecidas, atrofiadas… Evidentemente no tengo ningún tipo de dato científico que avale mi teoría, asi que esto cae más en el territorio del mito que del logos, pero esa al menos ha sido mi experiecia personal.

Actualmente mi semana ideal es en la que consigo hacer dos carreras de 5 km que me llevan unos 30 minutos y dos visitas de una hora al gimnasio para hacer pesas, es decir, que al final sólo le estoy dedicando unas 3 horas a la semana y aun «siendo poco», los beneficios son evidentes.

No obstante, el título de este post va en otra dirección y es que este mes de septiembre he intercalado dos carreras nocturnas de 10 km… lo que para un corredor mediocre como yo supone estar trotando durante algo más de una hora, una oportunidad excelente para reflexionar sobre cosas absurdas como «qué haría si me persiguieran ahora 100 zombies» y cosas similares.

No obstante entre jadeo y jadeo, tuve algo asi como una mini-revelación, y es que me di cuenta de que siempre que me asaltaban pensamientos derrotistas «para ya», «da la vuelta en esta esquina y vuelve para casa», «anda un poquito»… siempre que mi mente me animaba a tirar la toalla, siempre estaba subiendo una cuesta.

Es decir, que cuando llaneo o voy cuesta abajo esos pensamientos nunca hacen acto de presencia. Con esto supongo que acabo de ganarme el título oficial de Capitan Obvio para el resto de mis días, pero saber que se acerca una cuesta y que con ella se manifestará la peor versión de tu «espiritu deportivo», te garantiza una ligera sensación de control. Supongo que es como si un epiléptico supiera que en 10 minutos le va a dar una ataque, probablemente se tumbaría en el suelo, se pondría un cojin en la cabeza, avisaría a alguien…

Más allá de la mera prevención, cuando todos esos pensamientos asaltan tu cabeza es tranquilizador el poder decirte a ti mismo «es normal, estoy corriendo cuesta arriba… allí veo que la cuesta termina y todo empezará a mejorar». Todos estos pensamientos correctivos lo que consiguen es modelar tu forma de afrontar las cuestas, hasta llegar al punto en que hasta disfrutas con ellas (a veces).

Termino dando un último giro de tuerca, ya que la cuesta, el obstáculo, la piedra en el camino, no deja de ser una metáfora de las dificultades que nos encontramos a lo largo de nuestra vida… donde nosotros a través del control de nuestros pensamientos tenemos la capacidad de suavizar el impacto de acontecimientos negativos, incluso hasta el punto de convertirlos en algo positivo: un reto, una posibilidad de demostrarte a ti mismo que eres más fuerte de lo que crees, una oportunidad de superación.

En última instancia lo importante no es la cuesta sino la forma en la que tú te enfrentas a ella… podría ser el resumen de mi interpretación personal de la Psicoterapia Racional Emotiva de Albert Ellis, que inspira libros como «Ayudarse a si mismo» de Lucien Auger o «La inutilidad del sufrimiento» de Mª Jesús Álava Reyes.

Al igual que en su día conté por aquí como el judo que había practicado en mi infancia me salvó de una buena caida corriendo, esta vez son los libros de autoayuda que lei hace años los que vuelven a mi memoria para echarme una mano con las cuestas de la vida.

Gracias al JUDO aun tengo dientes

Ayer me pasó una cosa muy curiosa, serían las 9 de la tarde y yo había salido a correr, como siempre llevaba el iPhone en la mano derecha con el Runkeeper conectado para controlar la distancia y la velocidad. Iba cuesta abajo, así que mis habituales y patéticos 7 minutos por kilómetro gracias a la gravedad se habían convertido en unos algo más decentes 6 minutos por kilómetro… de repente al cruzar una calle la suela de mi zapatilla derecha tropezó con un abultamiento en el asfalto, las consecuencias eran inevitables, mi cuerpo seguía avanzando por la inercia mientras que uno de mis pies se quedaba atrás… una fracción de segundo y vi mis 80 kilos volando en posición horizontal, estaba cantado me iba a dar un leñazo impresionante y yo con pantalones cortos, me iba a dejar la piel en aquella calle.

Entonces ocurrió, mágicamente mi cuerpo debió recordar algo, algo que ocurrió hace más de 20 años, a muchos kilómetros de ahí, concretamente en el gimnasio Fuji-Yama de Albacete… donde cada día antes de iniciar las clases de judo comenzábamos entrenando las series de caídas: hacia atrás, lateral hacia la izquierda, hacia la derecha… y después lo más divertido la caida hacia delante rotando el cuerpo. Según lo escribo voy recordando más cosas, recuerdo que de vez en cuando hacíamos competiciones en las que saltábamos en plancha cada vez más distancia y teníamos que caer rotando para no hacernos daño, para darle más emoción como se puede ver en la foto lo que saltábamos eran compañeros de clase.

Volviendo a mi percance, yo horizontal en el aire volando y me veo a mi mismo metiendo el hombro derecho hacia dentro y aterrizando con la curva de la espalda, después el característico manotazo de judo con el brazo izquierdo en el asfalto y el propio impulso me propulsa desde el suelo y me vuelve a poner de pie. Todo ocurre tan rápido que no llego a entender del todo lo que ha pasado, estaba cayendo y ahora vuelvo a estar de pie y sigo corriendo… mi mente me dice que debería parar , me grita ¡has sufrido un accidente!… pero pronto se da cuenta de que salvo una pequeña rozadura en la muñeca de la mano que sujetaba el teléfono, no me ha pasado nada, asi que no me detengo, sigo corriendo… incluso más rápido que antes gracias `al chute´ de adrenalina. Salvando las distancias, ésta fue mi pequeña acrobacia a cámara lenta:

Sigo corriendo y no puedo dejar de pensar en dos palabras `reflejo condicionado´ y eso que me quedé en cinturón naranja o verde, ya no lo recuerdo. Eso da igual, lo importante es que me divertía un montón en judo y que gracias a Rosa, mi profesor (el de la foto) conservo mis dientes:

Abreacción

Proceso psíquico de liberación de impulsos reprimidos o de una tensión afectiva, ligada a un hecho traumático.

Mi amigo Pablo me contaba que el otro día llegó a casa y que nada más abrir la puerta le abofeteó un olor nauseabundo. Me puedo imaginar a Pablo recorriendo su casa, debatiéndose entre el deseo irrefrenable de taparse la nariz y la boca para que toda esa pestilencia no entrase en sus pulmones… y la necesidad imperiosa de seguir teniendo que recurrir a su olfato embotado para descubrir el foco del problema.

Al parecer todo provenía de una lata de perdices en escabeche que literalmente había explotado dentro de su despensa, debió de tratarse de algún tipo de defecto en el enlatado ya que aun faltaban un par de años para la fecha de caducidad… quién sabe, tal vez algún pequeño agujero en la lata o algún fallo en el proceso de vacío. El caso es que aquella lata y su putrefacto inquilino es muy probable que llevaran ya muchos meses en mal estado, fermentando y generando gases que sin encontrar salida por ningún lado se conformaban con ir dilatando desde el interior aquella lata, día, tras día, tras día… en silencio, sin descanso.

Si lo piensas… pese a lo desagradable del incidente y el posterior proceso de limpieza, Pablo y su mujer Ana son afortunados. Si aquella bomba de relojería a presión hubiese durado un par de semanas más, puede que una tarde de domingo cualquiera se les hubiera antojado un poquito de perdiz en escabeche… y entonces sí que se hubieran convertido en gloriosos testigos directos de la explosión. Puedo imaginarme esa perdiz putrescente eclosionando de la lata, con un contundente sonido gaseoso, embadurnándolo todo y a todos.

Sí, sin duda son una pareja afortunada.