Verano 2019

En las últimas semanas el convencimiento de mi hijo de que es capaz de entrar en fase cual Kitty Pride (aka Gata Sombra) y atravesar puertas de cristal nos ha acarreado múltiples visitas a los servicios de urgencia. Por suerte el tío es duro y ha salido indemne. También hemos aprovechado para hacerle la puesta a punto a la niña con visita al dermatólogo y el dentista… vamos que andamos aburridos de visitar la sanidad pública y eso que siempre salimos encantados de comprobar la cantidad de excelentes profesionales que ahí desempeñan su trabajo.

Por suerte si Dios quiere pronto nos iremos de vacaciones y el descanso de este año se promete obsceno en cuestión de niños.

Por una parte los dos ya saben nadar perfectamente, así que sólo tenemos que vigilar que no sean demasiado arriesgados con las piruetas y zambullidas… y por si eso fuera poco este año contamos con 100GB de Internet en la playa (gracias a que nos cambiamos a Pepephone) y con ello Netflix… lo que nos garantiza al menos una hora de paz para las siestas de cada día si somos capaces de racionarlas sabiamente.

Mi plan es además agotar a los niños hasta la extenuación para lo cual les he comprado un equipo completo de snorkel en Decathlon con neopreno incluido para llevármelos de exploración marina todo lo que aguanten sin entrar en hipotermia.

Vivimos sin duda esa etapa dulce en la que los niños son cada vez más autónomos pero todavía son suficientemente pequeños para que recordemos cuando aun no lo eran.

Como es tradición este verano me llevaré un montón de libros a la playa que probablemente regresarán de vuelta inmaculados… pero qué sería de mi sin esa eterna lucha entre la persona que me gustaría ser y la que realmente soy.

Aunque seguiremos de guardia y con el teléfono cerca de la toalla como buen autónomo societario espero poder reflexionar y dedicar tiempo al sano deporte de ver pasear a la gente por la orilla de la playa (algo que el otro día mi madre me confirmó que ya hacía cuando era pequeño).

El curso que viene promete llegar cargado de novedades y retos para los que necesito volver con las pilas cargadas a tope, con carpetazo a algunos proyectos a los que llevo dedicados mis últimos trece años laborales y si bien el abismo del cambio no puedo negar que me da vértigo estoy convencido de que es lo mejor que me podía pasar en este momento de mi vida.

Dicho todo esto me despido de ti con un hasta pronto, espero que tú también lo pases bonito.


…y Dios en todas partes

No es de extrañar que haya gente que encuentre el amor de nuevo en el trabajo: el último resort `adults-only´ donde van a parar las mejores horas de tu día.

Al fin y al cabo con los compañeros de trabajo pasas el tiempo justo, de ocho a diez horitas hasta con un descanso entre medias… y después cada uno a su casita y Dios en todas partes.

Harina de otro costal sería que luego te tocara llevarte a los compis a tu casa, pasar con ellos la tarde, ir al Carrefour, compartir baño, cenar, dormir, despertar a su lado…. y al día siguiente repeat, repeat, repeat… y los fines de semana más de lo mismo. Sería una auténtica pesadilla, las cartas de dimisión desbordarían los departamentos de recursos humanos.

Somos seres sociales, pero tal vez no tanto. Me aventuro a proponer que tal vez los problemas de autoestima en esencia radican en convivir con uno mismo demasiado tiempo seguido, a lo mejor lo de pillarse un pedal de vez en cuando, tirarse en paracaídas y abandonar tu consciencia a un cocktel de endorfinas y adrenalina no son más que burdos trucos para tomarte unas vacaciones de ti mismo.

Estoy convencido de que una de las razones por las que mi matrimonio aguanta es porque intento liberar a mi mujer todo lo que puedo de mi exquisita presencia y además cuando lo hago suelo llevarme a los niños, con lo que a mi marcha el descanso que dejo atrás es doble y a mi regreso tengo garantizado que me dará la bienvenida una enorme sonrisa.

Pero sigue sorprendiéndome que todavía haya gente que quiere seguir viviendo en pareja ¡incluso sin niños de por medio! (a mi parecer la única razón que justifica tan descabellada empresa). Dan ganas de agarrarlos por los hombros y zarandearlos gritándoles «Es la convivencia, estúpido!«

Está claro que viviendo en pareja se ahorra dinero, pero también compartiendo cepillos de dientes y el agua de la ducha… y no vamos tan lejos con eso de cuidar la pela. En un momento dado alguien decidió trazar una delgada linea roja que marcaba hasta que punto es justificable el ahorro… yo sólo digo que tal vez habría que moverla unos cuantos metros más, incluso algunas calles o manzanas.

Con lo bien que se está cada uno viviendo en su casita y quedando cuando a uno le apetezca. Si me dieran a elegir ni yo conviviría conmigo mismo. ¿Ves cariño? ¡hasta en eso nos parecemos!

Ambición

La semana pasada me tocó pasar la mañana del domingo trabajando en la oficina, algo que antes era bastante habitual y que con el paso del tiempo he ido desterrando de mi agenda por eso de desconectar y aprovechar para estar con mis peques todo el tiempo que pueda.

Pero la verdad es que me lo pasé bastante bien: programando sin interrupciones, ni llamadas, ni e-mails… en una oficina en completo silencio. Además me cundió un montón.

Con esa sensación del deber cumplido, mientras que apagaba el ordenador, conectaba la alarma y el resto de rituales previos a salir de la oficina me dio por pensar: «La verdad es que esto tampoco está mal, creo que podría ser perfectamente feliz con días como estos, tampoco necesito mucho más.»

Eso me hace pensar que no soy una persona muy ambiciosa, no ansío el poder, la riqueza o la fama… o no más que el placer del trabajo bien hecho. Pero por otra parte no puedo negar que hay una voz en mi interior que me compele a alcanzar la mejor versión de mi mismo… pese al riesgo de que se cumpla el Principio de Peter y que «termine ascendiendo hasta mi nivel de incompetencia».

Me pregunto si esa vocecita realmente me pertenece o no es más que la reproducción en automático en mi cabeza de la Parábola de los Talentos (Mateo 25:14-30) que tantas veces nos explicaron en catequesis… y si no es más que el miedo al «llanto y el crujir del dientes» lo que se esconde detrás de mi loables aspiraciones.

La parábola de los talentos

Nunca lo sabré, quién puede saber hasta que punto nuestra existencia de adulto ha quedado programada por nuestras experiencias en la infancia… qué traemos de serie y qué es adquirido.

Analfabetismo sexual en la era del porno

El estreno de la nueva serie adolescente de Netflix `Sex Education´ con una esplendida Gillian Anderson rubio platino me recordó un tema sobre el que estuve pensando largo y tendido estas vacaciones: ¿Cómo puede ser que el tema del sexo siga siendo tan tabú?

Cuando yo era pequeño era comprensible (y ya no digo en la época de mis padres) recuerdo que `sexo´ eran esas revistas guarras que tenía el del kiosko colgadas en parte de superior con pinzas de madera, como si tenerlas un metro más arriba fuera una barrera infranqueable para la aguda mirada de un chaval.

Sexo eran las primeras imágenes pixeladas en blanco y negro que me pasó mi amigo Álvaro en un disquete de 5 1/4 para mi Amstrad… que se las había conseguido mangar a su hermano mayor.

Era jugar a escondidas al MacPlaymate en el Macintosh que tenía la familia irlandesa en la que pasaba los veranos.

Era la revista porno que traía alguna vez un compañero a clase… y ese que se sorprendía con un «coña, si los negros la tienen negra!»

Hojear las torridas ilustraciones del libro The Joy of Sex de la madre de mi amigo Franscisco o ese otro de educación sexual de la hermana mayor de Pablo que estudiaba psicología.

El conocimiento sobre el sexo era escaso, llegaba a cuenta gotas… era ese capítulo de Ciencias Naturales en EGB que esperábamos con ansia y que luego pasaba sin pena ni gloria. El sexo era esa profe que criticaba que en esas lecciones las ilustraciones de los adultos aparecieran en bañador en lugar de desnudas, para a continuación aleccionarnos sobre lo higiénico que era rasurarse todos las axilas (cuando tuviéramos pelo).

Sexo era Sabrina cantando Boys, Boys, Boys con la teta al aire… o Samantha Fox, que en español era «Samanta Zorra». Era la peli erótica que echaban en Noche Vieja a altas horas de la noche o la omnipresente Enmanuelle en su sillón de mimbre.

Todo ellos sin duda excitante…. pero también sexo era pecado, la virginidad cristiana, el SIDA y enfermedades venéreas. Esto último mis padres se ocuparon de que nos quedara bien claro, hasta nos llevaron un día al Musée d’Anatomie de Montpellier donde había una abundante colección de moldes de cera a tamaño real de genitales ulcerados por sífilis, chancro, gonorrea… y demás lindezas en estado avanzado antes de que existieran los antibióticos.

Todo esto y otras muchas cosas… y todavía ni había llegado a la pubertad.

Luego llegó Internet y se supone que debería haber cambiado todo… pero siento decir que no tanto como creemos: sigue habiendo mucha confusión, muchos tabús y en general incultura.

Pero desde aquí voy a poner mi granito de arena para mejorar tu vida sexual recomendándote este video del Dan Savage: `The 3 Things we get Wrong about sex, love & monogamy´. A partir de que le dediques los 45 minutos que dura el algoritmo de Google entenderá que el tema te interesa y empezará a sugerirte otros muchos vídeos sobre el tema, ya es sólo cuestión de que le pongas interés… y que tal vez consigas que vea alguno tu pareja.

Mi lucha por dormir bien

Ya te he hablado por aquí que tengo problemas con el sueño, es algo que llevo arrastrando desde hace años y que mina mis fuerzas durante todo el día. La diferencia es que ahora que mis hijos (4 y 6 años) ya duermen bien no puedo echarles la culpa de mis develos… asi que todo gira entorno a mi (como diría mi peque: es todo tu culpa papá). ¿Será cosa de la mente?, ¿le daré muchas vueltas a las cosas?… lo cierto es que los fines de semana duermo mejor y cierto es que tengo algunas preocupaciones que me rondan la cabeza… pero tampoco es para tanto.

Por ponerte en contexto en mi casa todos se van a la cama no más tarde de las 21:30 y a partir de esa hora ya no se puede hacer ningún ruido…  Así que yo me metía en la cama y esperaba a que me entrara el sueño a base de horas de YouTube y Netflix. Como esa rutina me parecía una soberana pérdida de tiempo y además no me libraba de posteriores desvelos nocturnos probé algo nuevo y más disciplinado (que por cierto vi en YouTube): levantarme a las 4:30 todos los días, incluso fines de semana.

Esto viene de las rutinas militares, popularizadas para la vida civil por este angelito… el Navy Seal Jacko Willink:

Lo del madrugón lo estuve haciendo durante unos diez días y la verdad es que no costaba tanto, probablemente porque como duermo mal levantarme de la cama es casi un alivio. YouTube está plagado de videos de «cómo levantame a las 4:30 me cambio la vida» y similares… todo un poco exagerado, yo lo que sí noté es que por fin tenía tiempo para estudiar y básicamente a eso me estuve dedicando esos días de 4:30 a 6:30.

Lo bueno de ese método es que a las 21:30 estás tan agotado que sólo te apetece meterte en la cama, ni Netflix, ni HBO, ni YouTube… No obstante pese al cansancio la nueva rutina seguía teniendo un fallo y es que yo me seguía despertando entorno a la 1 de la madrugada y me podía quedar dando vueltas en la cama durante una hora antes de volverme a dormir.

Así que esta semana he vuelto a hacer un cambio de rutina. Me acuesto pronto, entorno a las 21:00-22:00… y cuando me despierto a eso de las 12:00-01:00, me levanto, me voy a la cocina y me pongo a estudiar. Para mi sorpresa estoy lúcido, despejado y puedo estar casi dos horas estudiando antes de empezar a bostezar… en ese momento (entorno a las 2:30-3:00) regreso a la cama y me duermo hasta las 6:00 ó 7:00 según lo que me deje mi hijo.

En definitiva que duermo en dos tandas, ya no pierdo el tiempo viendo Netflix, tengo tiempo para estudiar y de momento estoy bastante bien. Pero la pregunta es ¿por qué no puedo dormir del tirón como mi mujer y otros humanos? Pues resulta que este artículo publicado en el Confidencial me dice que no soy tan raro:

En la década de los 90 el psiquiatra Thomas Wehr realizó un experimento para demostrarlo. Dejó a oscuras a un grupo de personas 14 horas diarias durante un mes. A la cuarta semana los individuos habían adquirido un patrón de sueño muy diferente al estipulado: primero dormían durante cuatro horas y luego se despertaban durante una o dos antes de caer en otro sueño de cuatro horas, según publica la BBC.

Puede ser que el nuevo ritmo de vida impuesto por «una casa que se apaga no más tarde de las 22:00» fuera la causa de que se alterara mi patrón de sueño, como en el experimento… y todos estos años básicamente lo que he estado haciendo es luchar contra lo que me pedía el cuerpo.

Por ahora la cosa va bien, ya veremos…