…y Dios en todas partes

No es de extrañar que haya gente que encuentre el amor de nuevo en el trabajo: el último resort `adults-only´ donde van a parar las mejores horas de tu día.

Al fin y al cabo con los compañeros de trabajo pasas el tiempo justo, de ocho a diez horitas hasta con un descanso entre medias… y después cada uno a su casita y Dios en todas partes.

Harina de otro costal sería que luego te tocara llevarte a los compis a tu casa, pasar con ellos la tarde, ir al Carrefour, compartir baño, cenar, dormir, despertar a su lado…. y al día siguiente repeat, repeat, repeat… y los fines de semana más de lo mismo. Sería una auténtica pesadilla, las cartas de dimisión desbordarían los departamentos de recursos humanos.

Somos seres sociales, pero tal vez no tanto. Me aventuro a proponer que tal vez los problemas de autoestima en esencia radican en convivir con uno mismo demasiado tiempo seguido, a lo mejor lo de pillarse un pedal de vez en cuando, tirarse en paracaídas y abandonar tu consciencia a un cocktel de endorfinas y adrenalina no son más que burdos trucos para tomarte unas vacaciones de ti mismo.

Estoy convencido de que una de las razones por las que mi matrimonio aguanta es porque intento liberar a mi mujer todo lo que puedo de mi exquisita presencia y además cuando lo hago suelo llevarme a los niños, con lo que a mi marcha el descanso que dejo atrás es doble y a mi regreso tengo garantizado que me dará la bienvenida una enorme sonrisa.

Pero sigue sorprendiéndome que todavía haya gente que quiere seguir viviendo en pareja ¡incluso sin niños de por medio! (a mi parecer la única razón que justifica tan descabellada empresa). Dan ganas de agarrarlos por los hombros y zarandearlos gritándoles «Es la convivencia, estúpido!«

Está claro que viviendo en pareja se ahorra dinero, pero también compartiendo cepillos de dientes y el agua de la ducha… y no vamos tan lejos con eso de cuidar la pela. En un momento dado alguien decidió trazar una delgada linea roja que marcaba hasta que punto es justificable el ahorro… yo sólo digo que tal vez habría que moverla unos cuantos metros más, incluso algunas calles o manzanas.

Con lo bien que se está cada uno viviendo en su casita y quedando cuando a uno le apetezca. Si me dieran a elegir ni yo conviviría conmigo mismo. ¿Ves cariño? ¡hasta en eso nos parecemos!

Analfabetismo sexual en la era del porno

El estreno de la nueva serie adolescente de Netflix `Sex Education´ con una esplendida Gillian Anderson rubio platino me recordó un tema sobre el que estuve pensando largo y tendido estas vacaciones: ¿Cómo puede ser que el tema del sexo siga siendo tan tabú?

Cuando yo era pequeño era comprensible (y ya no digo en la época de mis padres) recuerdo que `sexo´ eran esas revistas guarras que tenía el del kiosko colgadas en parte de superior con pinzas de madera, como si tenerlas un metro más arriba fuera una barrera infranqueable para la aguda mirada de un chaval.

Sexo eran las primeras imágenes pixeladas en blanco y negro que me pasó mi amigo Álvaro en un disquete de 5 1/4 para mi Amstrad… que se las había conseguido mangar a su hermano mayor.

Era jugar a escondidas al MacPlaymate en el Macintosh que tenía la familia irlandesa en la que pasaba los veranos.

Era la revista porno que traía alguna vez un compañero a clase… y ese que se sorprendía con un «coña, si los negros la tienen negra!»

Hojear las torridas ilustraciones del libro The Joy of Sex de la madre de mi amigo Franscisco o ese otro de educación sexual de la hermana mayor de Pablo que estudiaba psicología.

El conocimiento sobre el sexo era escaso, llegaba a cuenta gotas… era ese capítulo de Ciencias Naturales en EGB que esperábamos con ansia y que luego pasaba sin pena ni gloria. El sexo era esa profe que criticaba que en esas lecciones las ilustraciones de los adultos aparecieran en bañador en lugar de desnudas, para a continuación aleccionarnos sobre lo higiénico que era rasurarse todos las axilas (cuando tuviéramos pelo).

Sexo era Sabrina cantando Boys, Boys, Boys con la teta al aire… o Samantha Fox, que en español era «Samanta Zorra». Era la peli erótica que echaban en Noche Vieja a altas horas de la noche o la omnipresente Enmanuelle en su sillón de mimbre.

Todo ellos sin duda excitante…. pero también sexo era pecado, la virginidad cristiana, el SIDA y enfermedades venéreas. Esto último mis padres se ocuparon de que nos quedara bien claro, hasta nos llevaron un día al Musée d’Anatomie de Montpellier donde había una abundante colección de moldes de cera a tamaño real de genitales ulcerados por sífilis, chancro, gonorrea… y demás lindezas en estado avanzado antes de que existieran los antibióticos.

Todo esto y otras muchas cosas… y todavía ni había llegado a la pubertad.

Luego llegó Internet y se supone que debería haber cambiado todo… pero siento decir que no tanto como creemos: sigue habiendo mucha confusión, muchos tabús y en general incultura.

Pero desde aquí voy a poner mi granito de arena para mejorar tu vida sexual recomendándote este video del Dan Savage: `The 3 Things we get Wrong about sex, love & monogamy´. A partir de que le dediques los 45 minutos que dura el algoritmo de Google entenderá que el tema te interesa y empezará a sugerirte otros muchos vídeos sobre el tema, ya es sólo cuestión de que le pongas interés… y que tal vez consigas que vea alguno tu pareja.

La belleza

Un día estuve locamente enamorado de una chica de la que probablemente siga enamorado en otro universo paralelo donde tal vez incluso estemos casados y tengamos hijos. En este otro universo ya no lo estoy… pero ese no es el tema de esta entrada.

La historia es que un día estábamos en el cine, en ese momento previo a la película en el que todavía ni siquiera han apagado las luces  y en eso que entró un chico supongo que bastante guapo y ella se le quedó mirando de manera exagerada. Uno de esos (muchos) gestos de mal gusto que a mi me sacaban de mis casillas y me hacían sentir como esas novias celosas de las memes de interné.

Pero esta chica me explicaba que ella admiraba la belleza como algo no posesivo ni carnal, como el que mira un cuadro bonito y es capaz de disfrutarlo sin un deseo irrefrenable de llevárselo al salón de su casa.

No había por tanto razón alguna para sentirse celoso.

Yo por aquel entonces no debía encontrarme en un plano tan elevado de entendimiento y sus palabras lo único que hacían era exasperarme aun más; por esas y otras muchas cosas lo nuestro nunca terminó en nada y llegado un punto simplemente estar cerca el uno del otro nos hacía daño.

Pero con el paso de los años, tal vez según se han ido apaciguando mis hormonas o simplemente como consecuencia de la madurez inevitable que llega junto con la edad y la presbicia aquellas palabras que ella me decía han ido cobrando sentido.

Ahora me gustan las mujeres tanto o más que hace diez o veinte años, pero de otra manera: soy capaz de apreciar la belleza interior y la fuerza de una mujer con carácter, segura de si misma… así como la belleza exterior que acompaña tanto la lozana juventud como la atractiva madurez.

Pero es una atracción a otro nivel, intensa pero más allá de lo carnal, de la posesión, del deseo, de la exclusividad… cuando pienso en ello por alguna razón sólo me viene a la cabeza la canción de Aute que lleva por título esta entrada.

Mi padre suele resumir todo esto con una de sus míticas frases: «si, si… las mujeres están muy bien, pero de lejos… de lejos«.

Tal vez sea sólo eso.

Bienvenido a `la realidad´

Cuando tenía algo más de 30 años tuve un pensamiento fugaz, creo recordar que andando por la calle, justo pasando al lado de esa tienda de espejos cerca de casa de mis padres que hace muchos años era una panadería. Mi iluminación se puede resumir en un `a lo mejor resulta que nunca consigo hacerme rico´.

Te sorprenderá saber que hasta esa fecha yo había dado ese objetivo como cosa cierta y era el motor que justificaba trabajar de continuo, sin fines de semana ni fiestas de guardar. También era lo que explicaba que pospusiera lo de tener novia pues pensaba que -cuando fuera rico- sería más sencillo conseguirla. A lo mejor por eso es que ya tampoco hacía deporte, llevaba años sin comprarme ropa nueva y había acumulado quince kilos extra (dos o tres de ellos sólo en la cara).

Esa aterradora posibilidad me golpeó cual mazo en la cabeza y fue de las mejores cosas que me pasaron la vida. En ese momento entendí que podía estar en un aprieto y que me tenía que poner las pilas… o al menos intentarlo en la parte controlable (cuidarme, hacer deporte, adelgazar…). Había pospuesto durante demasiados años muchas facetas de mi vida en base a un objetivo que ahora se dibujaba como poco probable.

Diez años después de eso recibí otro golpe de realidad. En esta ocasión trabajando con Juan Ignacio (aka the fuckin´ genius) en un ERP y luego en un robot de trading durante lo que iba a ser un proyecto de tres meses que luego se extendió a casi un año. Hasta esa fecha yo me consideraba una persona inteligente o al menos por encima de la media, pero trabajando con él me di cuenta de que yo era más bien «el listillo de mi liga» que probablemente ni siquiera alcanzara la segunda división.

Eso también fue liberador y me permitió buscar explicaciones alternativas al porqué en el trabajo me van bien las cosas, más allá de la inmensa suerte que sé que he tenido.

Supongo que por eso todo el mundo recomienda que debes «conocer mundo», «abrirte a otras realidades», «salir de tu zona de confort». Mi trabajo al final es muy solitario, horas y horas delante del ordenador, rodeado de abstracciones informáticas… cuando te quieres dar cuentas has despegado de la realidad y te has creado una alternativa.

Por otra parte tu familia que tanto te quiere no son el juez más objetivo. He crecido toda mi vida con frases del tipo «a ver si con lo listo que eres te haces rico y nos sacas a todos de pobres» o «mi hermano es que es un genio, míralo ahí con sus tres pantallas».

En fin, la realidad está bien y es bueno acercarse a ella. Esa capacidad de poder mirarse al espejo y vernos como nos vería un extraño es muy útil y no es incompatible con poder seguir soñando con una versión mejorada de nosotros mismo.

Una de dragones

Si fueras capaz de reconocer tus «carencias» serías el hombre más poderoso del mundo. Pero no es fácil identificarlas, es como si estuvieras cocinando una salsa y sabes que le falta algo, pero no sabes qué… no es sal, ya le has echado… tal vez un poco de azúcar… ¿y si pruebo con un poco de polvo de ajo?… a lo mejor es un ingrediente que ni siquiera tienes en casa.

Así a veces nos encontramos añadiendo o deseando cosas en nuestra vida que probablemente no son las que necesitamos: más amigos? una tele más grande? más sexo? estar más en forma? pasar más tiempo sólo? socializarme más? plantearme nuevos retos? vivir más tranquilo? más hijos? más espiritualidad? leer más?

Nos falta algo.

Por suerte con el tiempo vas aprendido donde «eso» no está. Los falsos dioses y profetas. Sabes que no está en las cosas, porque no es nada material. Sabes que no está en las mujeres, porque no es humano. Ni siquiera en los ojos de tus hijos por muy enamorado que estés de ellos. No está en los templos, no lo encontrarás en ningún viaje, ni en una de esas conversaciones infinitas sobre lo divino y lo humano que tanto echas de menos.

Está en el mundo de los dragones, en la realidad que subyace debajo de lo que podemos tocar. Es el calor del sol en un día frío, la luz que se filtra por tus párpados, los dedos de tu madre acariciando tu pelo de pequeño cuando dormías la siesta, eso que sientes escuchando esa canción… lo tienes en tu mano, crees que lo puede agarrar, pero se escapa entre tus dedos.

Tal vez no nos falta, simplemente no siempre está con nosotros.