Mi locura soñada

Hace un tiempo comenté por aquí que me gustaría irme a vivir a un pueblo tipo Manzanares El Real y así finalmente escapar de la contaminación de este Madrid en el que he vivido prácticamente toda mi vida a excepción de cinco maravillosos años que pasé en Albacete.

Durante estos meses de confinamiento y baja polución los madrileños hemos podido descubrir el auténtico cielo de Madrid… que nada tiene que ver con la boina marrón que me encuentro cada fin de semana a la vuelta de mis visitas a la sierra.

Sin ir más lejos este sábado fui con mis peques a La Pedriza que estaba hasta los topes, todos los parkings estaban llenos así que tuvimos que callejear e invadir la tranquilidad de los locales… mientras que buscaba con desesperación donde aparcar una señora me empezó a gesticular de manera muy airada con cara de pocos amigos… pero como tenía el día simpático avance hasta ella y bajé la ventanilla.

  • ¡Que te has metido por prohibida! – me gritó
  • ¿¡Pero qué me dice?! – le contesté con una sonrisa.
  • ¡Si es que no miráis! ¡No miráis! ¡Te has dejado atrás la señal de prohibido… pero os da igual! – continuo bastante exaltada.

La señora tenía más razón que un santo, si bien en mi defensa diré que todos los coches estaban aparcados en sentido contrario al de la calle y eso me despistó.

Para empatizar con la señora utilicé una técnica que casi nunca falla: verbalizar exactamente lo que está pensando la persona, pero no se atreve a decir por miedo a ser irrespetuosa:

  • Desde luego, pensará Usted que hemos venido los de la capital a invadirles el pueblo: ¡con lo tranquilos que estaban!

Por alguna razón esto a la gente le relaja enormemente.

En el famoso libro de negociación «Never Split the Difference» a esta técnica Chris Voss la llama «labeling» (etiquetar): cuando etiquetamos una emoción o un pensamiento negativo ajeno que no ha aflorado todavía a la superficie disipamos de golpe la tensión… aunque parezca extraño.

La señora se desinfló como un globo:

  • Si ya sé que se está muy bien aquí en la Sierra, pero es que no cabemos más…

Así que nada, tras una risas, tiré marcha atrás con el coche, conseguí aparcar en otro sitio y pude disfrutar de una maravilloso día que nos regaló imágenes como esta:

No necesito vivir en el campo y tirarme dos horas en la carretera todos los días, puedo vivir en la ciudad y seguir disfrutando de poder ir andando a la oficina y los fines semana si me apetece irme a la montaña a limpiar los pulmones.

Viviendo en Madrid puedo escapar a las afueras, pero si viviera en la Sierra: ¿a dónde escaparía?

Hay muchas cosas que se pueden disfrutar sin tener que poseerse.