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Crecimiento personal

yonqui del amor

En este mundo de una manera u otra todos nos enganchamos a alguna droga, un néctar que aprendemos a destilar de esta realidad y que consigue llenar algún recoveco seco de nuestra alma.

Algunos son yonquis del buen comer y la buena vida… y los ves en El Mercado de Chamartín comprando las aceitunas gordas con vinagre que tanto le gustan o los filetes de vaca gallega premium.

A otros les pirra el sexo, el juego de la seducción y sentirse deseados, sus vidas aspiran a convertirse en una canción de reguetón que nunca acaba; con mujeres que te miran desde la otra punta de la barra e historias locas en ascensores y cuartos de baños.

A otros les vuelve locos el poder y se convierten en escaladores de jerarquías de corporaciones internacionales o encontrarán su hueco en la política.

Otros juegan a alcanzar la perfección física y corporal, la belleza perenne, el elixir de la eterna juventud. Otros son yonquis del amor e intentarán exprimirlo en los lugares más recónditos.

¿Cuál ha sido mi droga? Es algo que me llevaba preguntando durante varios días y he tenido que encontrar la respuesta en un sueño lúcido que tuve esta misma noche. En él alguien poderoso repasaba mis logros profesionales con sincera admiración al tiempo que me felicitaba por ellos.

Pero igual que ocurre con las drogas químicas, uno cada vez necesita más para conseguir el mismo efecto… y llega un momento que el castillo de naipes no hay forma de mantenerlo en pie.

Pero no hay que preocuparse porque hay otras muchas drogas a tu disposición, algunas tan sofisticadas que ni parecen drogas: la búsqueda de la libertad, el crecimiento personal, la espiritualidad, la paternidad….

El mundo seguirá materializando tus anhelos siempre y cuando seas capaz de desearlos con la suficiente intensidad.

Hasta que te hartes de ese juego.

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Mis historias

Los horribles peligros de ahí afuera

A veces me siento como un aldeano más de la película The Village (2004) de M. Night Shyamalan, no sé si la recordaréis pero en ella los protagonistas vivian en un aldea idílica donde cultivaban su propia comida, criaban su ganado y vivían en comunidad… humildemente pero felices, un poco a lo amish. Todo es sencillo y casi perfecto, salvo porque en el bosque que les rodea viven unas peligrosas criaturas `Aquellos de los que no hablan´ (Those We Don’t Speak Of) que seguramente acabarían con la vida de todo ser viviente de la aldea sino fuera porque respetan algo así como un pacto: mientras que nadie entre en el bosque, ellos no entrarán en la aldea.

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Tecnología

La web ha muerto y tú nunca llegaste a entenderla

La web ha muerto… nos lo vienen diciendo desde 2010, puede que exageren un poco pero parece evidente que ha perdido el brillo de antaño. Hoy la web por si sola no mola.